Mons. Carlos Osoro: “No vivamos de anécdotas de Jesucristo”

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ENTREVISTA al arzobispo de Madrid y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española sobre los desafíos de la Iglesia, la familia y el Jubileo de la Misericordia

 

Madrid, 04 de diciembre de 2015 (ZENIT.org) Iván de Vargas | 3 hits

 

Monseñor Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el papa Francisco el 28 de agosto de 2014. Nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó, entre otros, estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal.

 

El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense y, cinco años más tarde, el 7 de enero de 2002, fue designado arzobispo metropolitano de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, del 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007 fue el administrador apostólico de Santander. El papa Benedicto XVI le nombró arzobispo metropolitano de Valencia el 8 de enero de 2009 y tomó posesión de la Archidiócesis el 18 de abril de 2009.

 

Desde el pasado mes de marzo desempeña el cargo de vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE). Por este motivo, la entrevista tiene lugar en la sede de la calle Añastro, apenas concluida la última Asamblea Plenaria. ZENIT desea hablar con el arzobispo de Madrid de muchos temas. De fondo, los desafíos de la Iglesia, la familia, el Jubileo de la Misericordia… En su despacho de la CEE, la conversación se produce cara a cara, sin ningún tipo de barreras. Mons. Osoro responde mirando a los ojos. Su único afán es comunicar el amor incondicional que Dios tiene por cada uno de nosotros. No rehúye ninguna pregunta, aunque pueda tener algo de prisa. Fuera hay otro obispo que está esperando para hablar con él. Durante el tiempo compartido, comprobamos que todo el mundo quiere departir con uno de los hombres del Santo Padre en España. 

 

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Hoy, ¿a qué desafíos se enfrenta la Iglesia?

— Monseñor Carlos Osoro: Se enfrenta al desafío de llevar la alegría del Evangelio, como nos dice el papa Francisco, a este mundo concreto. Creo que es un reto precioso. El Señor ya nos avisó que la Iglesia la cuidaba Él; que Él estaba al frente de la misma; que estaría siempre con nosotros; y que nos enviaría al Espíritu Santo, que hizo posible que la Iglesia comenzase a salir por el mundo a anunciar el Evangelio, la Buena Noticia a todos los hombres. Lo nuestro, fundamentalmente, es aceptar el reto que el Señor propuso ya a los primeros. Les dijo: ‘Id por el mundo y anunciad el Evangelio’. Ese es nuestro reto. Pero no podemos ir de cualquier manera. Tenemos que llevar esta noticia, que es noticia de alegría, que es la alegría que nace de ese amor inmenso que Dios nos tiene, y que ha mostrado su rostro en Jesucristo, Nuestro Señor. Es la alegría de llevar la noticia salvadora a todos los hombres; la alegría de la realización plena del ser humano; la alegría de como Dios nos ha entregado esas dimensiones tales que hacen que el ser humano pueda vivir desde un equilibrio, cuando las cultiva. Todas las dimensiones, entre ellas, también la trascendente. Una dimensión trascendente que en estos momentos, a lo mejor, puede estar amenazada. Puede haber riesgos de que, por circunstancias del tener, esta dimensión se ahogue y nos haga infelices por mucho que tengamos.

 

Usted habla con frecuencia del “catolicismo de estufa, de mesa camilla”. Es decir, que hay muchos cristianos que se han acomodado. ¿Cómo se puede vencer esta tentación, para ser una Iglesia “en salida”?

— Monseñor Carlos Osoro: Urge un encuentro con Nuestro Señor. Pienso que hoy nadie puede anunciar la Buena Noticia, ningún discípulo puede ser misionero, si no hay un encuentro profundo con el Señor. Un encuentro que te lleve a lanzarte a dar el tesoro más grande que un ser humano puede tener, que es la vida misma de Nuestro Señor Jesucristo. Y ser conscientes de que esa vida nos ha sido dada por el Bautismo. Poseemos la vida del Señor, la podemos regalar y disfrutar. Con esa vida, podemos concebir el mundo de una forma distinta. Es un reto y una experiencia hermosísima. La más grande que un ser humano puede tener. Convencidos de esto, cuando nos hemos encontrado con el Señor, es verdad que salimos siempre a buscar a los hombres.

 

El papa Francisco ha convocado el Jubileo de la Misericordia y en unos días se abrirán las Puertas Santas de todas las diócesis del mundo. ¿Qué frutos cabe esperar?

— Monseñor Carlos Osoro: La puerta representa a Jesucristo. Y abrir la puerta quiere decir que estamos dispuestos, e invitamos a todos los hombres, a entrar por esa puerta que es Cristo. En nuestra archidiócesis de Madrid vamos a abrir la puerta de la calle Bailén, la puerta central, que tiene una imagen maravillosa. Por una parte está Cristo crucificado, está el altar de la Eucaristía y alrededor del altar, los obispos, las autoridades, el pueblo fiel… Estamos todos. Creo que es significativo que esa puerta se abra, porque es Cristo mismo. Queremos entrar por Él, porque queremos reencontrarnos con el Señor donde lo hacemos con la máxima explicitud y cuando entramos en más comunión con Él, cuando nos alimentamos del Señor en la Eucaristía. Hay una frase de san Agustín que repito mucho. A los cristianos de África, les decía: ‘Dad de lo que coméis’. Este año, abrir la Puerta de la Misericordia es entrar por esa puerta que es Cristo; es alimentarnos de ese Cristo; es dar a Jesucristo en todos los lugares donde estemos y donde vivamos. Creo que esta es una invitación a la transformación de este mundo. No con cualquier medida, sino con las medidas de Cristo. No desde una ideología, sino desde una persona que acoge a todos, que quiere dar vida a todos. Pero una persona que quiere hacernos ver que solamente es posible viviendo de la fuerza de su amor. Un amor que nos explica tan bellamente el apóstol Pablo. Nos dice que el amor es comprensivo, servicial, no tiene envidia, no presume, no se engríe, no es egoísta, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, goza con la verdad, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites… Es con este arma, que es el mismo Señor, porque el rostro del amor es el mismo Cristo, con la que tenemos que salir por los caminos.

 

El Santo Padre le ha llamado a un nuevo servicio. Ahora, usted es miembro del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, que en su última Asamblea ha abordado “La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”. En nuestra sociedad, ¿cuáles son las claves para la familia?

— Monseñor Carlos Osoro: La estructura fundamental de la vida humana es la familia. Esto ha sido reconocido por todas las culturas y en todas las épocas. Después, ha sido fundamentado por Cristo mismo, que ha querido tomar un rostro humano en el seno de una familia, la familia de Nazaret. Esa familia que se presenta para nosotros como el paradigma de toda familia. Los tres que formaban parte de esa familia –María, José y Jesús, Nuestro Señor– viven mirando a Dios, queriendo cumplir la voluntad de Dios. Creo que la belleza de la familia, y en concreto de la familia cristiana, se tiene que ver desde esta perspectiva. La belleza la adquieren unas personas, empezando por el matrimonio, que es el inicio de una familia, y sus hijos, cuando estas viven en una atmósfera tal que el amor de Dios, la acogida de ese amor, el servicio, el perdón, la entrega, la fidelidad, el no mirar para uno mismo, el considerar siempre al otro como el más importante… todo eso que después se traslada a la vida concreta, a la que vivimos con los demás. La gran escuela de las Bellas Artes, que digo yo, es la familia. Me gustaría mucho que esto fuese lo que empezásemos a ver y descubrir los discípulos de Cristo. La familia es escuela de fe, ahí es donde hemos aprendido a pronunciar el nombre de Jesús. Es escuela de humanidad, nuestro corazón se agranda y se ensancha en la familia. Cuando están los abuelos ya mayores o un enfermo o alguien que necesita, ensanchamos el corazón, todos nos ponemos al servicio de la persona más débil o que está sufriendo. Es escuela de fraternidad, porque nos perdonamos. Nos podemos confundir, pero sabemos que nos sentimos perdonados y queridos. Y en la confusión, nos dan un abrazo. En la familia aprendemos a no mirar para nosotros mismos. Lo que vivimos dentro, lo sacamos fuera en la vida real que cada uno de nosotros tenemos. Si son los padres, en los trabajos y en las relaciones con sus amigos; si son los hijos, en los lugares donde están estudiando o trabajando, si son mayores. La familia es toda una escuela. Como digo, es escuela de Bellas Artes. Y el arte más bello es saber amar como Cristo nos amó. Acoger ese amor de Cristo en nuestra vida. Esta escuela, cuando se vive unidos y unidos a Dios en la familia cristiana, esto lo entrega. Lo entrega sin darnos cuenta. Va calando en nuestra vida. Va haciéndonos de esa manera.

 

¿Qué mensaje le gustaría trasladar a la opinión pública a través de esta entrevista?

— Monseñor Carlos Osoro: Que se acerquen a Nuestro Señor. Que se acerquen a alguien que no les va a pedir absolutamente nada. Es Él el que da. Cuando nos acercamos, nos sentimos abrazados por su misericordia. No nos pide cuentas y no nos dice que hemos hecho tales cosas mal. Nosotros mismos, al verlo, lo reconocemos. En ese abrazo, Él nos recupera. Nos hace salir de todas aquellas situaciones que no nos construyen ni construyen a los demás. Por eso, mi invitación es a que no tengamos miedo de abrirnos a Jesucristo; que no vivamos de anécdotas de Jesucristo. No vivamos de lo que nos ha pasado, de lo que nos dijo tal persona que se decía cristiana y que a lo mejor no lo era. Que vayamos directos a Nuestro Señor y lo dejemos entrar en nuestro corazón. Que le dejemos que nuestra vida sea su casa. Así, la casa se embellece tremendamente. Invito a todos a que hagamos la mejor casa que se puede mostrar en este mundo, que es la vida de un hombre cuando es ocupada totalmente por Dios. En ella, pueden habitar todos y nadie sobra. Todos somos necesarios. Todos seremos regenerados por esa casa, porque es casa de vida.